Una noche nuevamente en la ciudad húmeda y oscura caminaba yo. Deambulaba por los callejones con reflejos de tristes azules que rasguñaban el suelo y todo lo que estaba mojado al rededor, transformando mi camino en un río eléctrico de desdicha y exilio. El agua que se filtraba en el pavimento era viscosa y si podía hacer más silencio entre mi soledad, era posible escucharse el burbujear de la mezcolanza de sustancias que se combinaron en el suelo después de la lluvia. Un paso, otro paso, tambalea. Miraba alrededor las caras borrosas de los rezagados nocturnos, sus ropas harapientas, caras oleosas y nudillos inflamados, que me devolvían fijamente la mirada con sus ojos fluorescentes. Me cayó una gota espesa desde quien sabe donde hasta la nariz, pudo haber sido desde las cañerías de las casas habitacionales que forman puentes de vez en cuando. Desde que las urbes colapsaron su capacidad demográfica, han tenido que unir los edificios, confinándonos a túneles subterráneos, así la gente no se logra ver hasta que da vuelta en la esquina y se encuentra con algún farol que les da el favor de iluminarles los taciturnos semblantes.
Era tarde por la noche y por aquí ya no llega la GSA. No estoy segura de su sigla, pero seguramente es la guardia de algo, podría inventarle un nombre; la guardia de la sagrada abstinencia, guadia de los sentimientos abominables o guardia de salubridad afectuosa. Todos les vendría bastante bien.
Un rectángulo rutilante recortó la penumbra de la calle, se desplegó y dejó ver una silueta humana en su marco, era un joven desarmado que contrastaba por la luz de una calurosa vela que poseía en el metro cúbico de su habitación. Desde la puerta se extendió hasta mi un aroma a madera, resina y sudor que dilató mi, hasta ese entonces, miserable ser, tal como lo había hecho la esencia de esa casa. Se detuvo mi movimiento y se activaron mis sesos, que clavaron las pupilas brillantes como dos posones rojizos en un instante transgresor. Él estaba apoyado en la madera, con sus sencillos músculos que se amoldaban perfectamente a la forma de su soporte, se estaba quitando la resina de las manos y sus uñas negras mientras miraba hacia abajo donde los párpados sobresalían voluminosamente para desplegar unas pestañas hirsutas. Se volvió hacia mi abriendo sus ojos, que eran más grandes de lo que pude prever. Éramos dos animales ocultos entre los matorrales de nuestros propios hemisferios, ni el cielo estaba presente para envolver ese encuentro sigiloso, ni nos iluminaba el mismo lucero; Él lo flameaba el fulgor dorado de su vela y yo era manchada por la opaca luz del neón. Con su mano negra hizo un ademán que me invitó a pasar -El arder para siempre es más fuerte, aunque ya no haya nada más por consumir- me dijo cuando lo tuve enfrente. Yo le respondí deslizando desde mis dedos hasta las palmas en su piel sebosa, morena y caliente que freía mis yemas, que luego rápidamente avanzaron a abusar de su masculinidad en tensión.
Intimar con alguien, efímeramente, pero llevarlo a cabo, dime ¿hasta qué punto puedes llegar hasta la honestidad de alguien así? Hasta que la desesperación del otro no se abalance y se derrame en una intensa marea de olas que se aplasten entre sí, para que ,al amanecer del otro día, se vea tranformada en una aburrida y lánguida agua de lágrimas salada.
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