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jueves, 5 de diciembre de 2019
Naufragio
miércoles, 2 de mayo de 2018
La ventana
Las actividades de la muchacha se restringían a lo que se podía hacer en el pequeño recinto. Los libros regalados eran lo único que había traspasado desde afuera los límites del lugar, los únicos representantes de otras almas allá deambulando y sus únicos compañeros que tenía a diario, empolvados y dispuestos esperaban a algún día ser leídos, preparados para hablar sobre algo más.
La mayoría de las cosas estaban tejidas sobre sí mismas, formando un gran colchón que desplegaba polvo cada vez que se movía y eso enfermaba a menudo a la muchacha. Ella veía resignada esas partículas brillando como astros en el espacio vacío, estrellas que se perdían en el filo de la sombra de la ventana.
A veces recibía llamados de un teléfono desconectado que estaba en el closet, cuando contestaba casi siempre sonaban grabaciones de hace un par de años, con la voz de una mujer que hablaba sobre lo bueno que estaba el verano allá afuera, detrás sonaban las olas y el vuelo de las gaviotas que habían quedado registrados desde aquella llamada originaria. Cuando no eran grabaciones de aquella persona, se podían escuchar interferencias causadas por las ondas de radio de otras llamadas, que por alguna razón se colaban en la señal de un teléfono desconectado. Se llevaba su teléfono desde el closet hasta su colchón polvoriento y podía dedicarle unas fracciones de hora a escuchar esas conversaciones ajenas traídas desde el espacio, no podía saber si eran actuales, sólo que habían existido alguna vez y habían sido grabadas con diferentes motivos; desde llamadas de funcionarios públicos hasta excitantes conversaciones entre enamorados.
En noches de tormenta reverberaban los relámpagos en las paredes de la habitación, los colores se impregnaban en las gotas de lluvia conglomeradas en el vidrio, las cuales creaban formas que cobraban vida y movimiento, la tormenta se transformaba en su teatro privado. Una cinta cinematográfica hecha de gotas corriendo por la superficie al otro lado de la ventana, una escena maravillosa que ella disfrutaba sentada de frente, mientras el agua proyectaba su sombra y la dejaba empapada de manchas.
Los muebles albergaban cartas apiladas, algunas sueltas y sucias, otras intactas e inmaculadas en sobres, todas eran conversaciones desde ella para ella misma. En las cartas hablaba acerca de un supuesto universo en su habitación, como una bitácora que contaba las desdichas y ventajas de estar enclaustrada. A veces se preguntaba por otros posibles remitentes, pero los recuerdos de las personas eran demasiado vagos para poder imaginar a otro individuo a parte de ella. El hermetismo del lugar había aislado a la muchacha hace mucho tiempo, físicamente no habían filtraciones hacia el mundo exterior, excepto una rendija en la ventana provocado por un descuadre, fuera de eso pareciera que la propia habitación deseaba encerrarla. Ese espacio era tan pequeño que ni siquiera podía sentir una brisa saliendo de él.
Un día la muchacha amaneció y vio un papel atascado en la rendija, se incorporó lentamente e hizo el esfuerzo de pararse aún somnolienta. Lo tomó y pudo ver que era un sobre que contenía otra hoja de papel dentro de el. En un principio se preguntó si es que pudo haber dejado una de sus cartas en tal sitio sin pensarlo bien, pero pudo corroborar que no había sido así, ya que ella no firmaba la carta, si no que contenía una marca en forma de ave. No era uno de sus mensajes, sino que provenía de alguien más, pero ¿quién? si lo que la separaba de allá afuera, aparte de paredes y una ventana que no abría, había un inconmensurable abismo resultado de un alejamiento que comenzó a crecer hace seis años.
jueves, 2 de febrero de 2017
Pangeápolis
Desde la mitad de mi adolescencia vivo en el hacinamiento de un cité que tiene por dimensión tres planchas de madera grasienta de un metro y medio cuadrado alineadas a lo largo, ese es mi recoveco asignado en esta estridente ciudad. Ahí viven cinco habitantes, aparte de mi, entonces las camas deben organizarse hacia lo alto en rectangulares lechos de alumimio sugetos angularmente por un par de cadenas en los extremos. Estas se apilan paralelamente en tres, las dos últimas repisas quedan por encima de la ampolleta que cuelga e ilumina pobremente nuestro pernoctante cajón. Yo debo dormir en uno de esos catres de más arriba, pues llegué a parar al último a esa compacta estancia de personas y como el movimiento de un látigo, el final siempre culmina chispa la más miserable. Al estar el foco suspendido por el innecesario largo del cable, probablemente por una negligente instalación, mi litera queda sumida en un triángulo de penumbra, al igual que el compañero que dormita a mi lado homólogo.
Todos estas combinaciones genéticas resultantes en carnes y huesos vivientes ,pero de una dudoda existencia de mente palpitante, a los que llamo compañeros de cajón, poseían ancestros muy diferentes a los míos, aunque eso es bastante normal. Hace no más de cinco años se disolvieron las patrias en una decisión a, lo que ellos llamarían, unánime por motivos de considerar estériles aquellas divisiones geoculturales del globo en cuanto admimistrarlo.
Cinco años puede ser tiempo suficiente para hastiarse, hastiarse de raspar con espátulas los tablones y enrrollar asquerosas rosas de grasitud, sangre e insectos atrapados, que yo intentaba imaginar, estaban fosilisados en ámbar. Eso era solo en los momentos que llegaban las, si es que podemos llamarle así, las seis horas de sueño reglamentarias, luego de eso todos partíamos a nuestras respectivas industrias que no quedaban muy lejos de nuestro querido dulce hogar, como la fábrica de carne modificada que se sentaba con su gran equipamiento y bajas regulación de las intalaciones sobre nosotros.
Como la simple y elemental arquitectura de nuestra casa no nos permitía vernos naturalmente las caras y el sopor nos arponeaba por últila vez en nuestras espaldas en el intante que caíamos a las rechinantes camas metálicas, que tenían un aspecto veterinario, dispersábamos el negro vaporoso de nuestras consciencias para luego esconderlo bajo el tapiz azulino de los sueños. Es por eso que a pesar de llevar ya un tiempo durmiendo juntos y provenir de diferentes países extintos, teníamos las sospechas de que no habíamos perdido, ahora, nuestros melancólicos origenes culturales.
Habíamos tres latinoamericanos, provenientes, en mi caso, del antiguo chile, digo antiguo, obviando su expiración legal, porque ni si quiera sé a ciencia cierta en qué parte del mundo estoy, ya que hace tiempo es difícil no ver más que túneles en las calles, que contruyen un cielo de goteras y cañerías de otras fábricas y cités en modo de arco que se alzan hacia arriba, por lo consiguiente puedo estar tanto físicamenre en mi Chile que se esfuma, como en la más lejana y desconocida Rusia. De los dos otros latinos había una chica castaña clara de pelo de ondas alambrado con tes de color de arena incandescente que provenía de lo que fue argentina, ella dormía en el camarote oblícuo inferior a mi y creo haber podido escuchar su acento solo en las noches en las que hablaba dormida mientras secretaba un frío sudor que embarraba su piel. El último latino era un venezolano, quien dormía abajo mio, con ojos de unas esmeraldas que jamás vi brillar, pelo rebuelto y caoba, las veces que he podido mirarle a la cara siempre termino fijándome en sus más toscos, y aún jóvenes, pliegues de expresión, ya que se trataban de un fruncido entrecejo y los surcos de las mejillas que le daban un aspecto asqueado, sumado a sus cejas pobladas que emergían como dos viceras de pelo que le sombreaban más sus ojos nymphoides. Su piel siempre andaba reluciente por el calor de sus trabajos metalúrgicos que emprendía cuando emigrábamos todos. Me daba cierta satisfacción los colores tornasolados que le daban su sudor en la frente, pómulos, nariz y mentón, especialmente en sus cóncavas mejillas que transmutaban en colores violáceos con otros cálidos, además de unos grises espectaculares y cuidadosamente definidos uno de otro, que le transmitían a su cara una apariencia de fotografía posterizada.
Otro conviviente, mi vecino contiguo de litera, del que solo me separaba un abismo hacia las planchas de madera y a la cucarachas abisales, era un Haitiano. Habla un idioma que no comprendo y el tríangulo de negrura que compartíamos por la paupérrima instalación eléctrica, me hacía dudar en las noches si él realmente estaba ahí, solo podía darme cuenta de su presencia cuando acostados simétricos y vueltos hacia nosotros podía divisar entre la oscuridad total de la habitación el tenue resplandor amarillento de sus ojos hacia mi, como dos dolientes cardenales. Para ese entonces no podíamos soportar ese encuentro de ojos trémulos, y yo guardaba un tablón en el borde de la litera que daba hacia la pared para usarlo como puente y trasladar mi poco aseado cuerpo hacia el otro extremo y así combinarlo con el de mi nocturno observador.
No podría decir cual de los tres niveles de dormitorios era el más favorecido, el nivel superior era atestado de moscas que se posaban en el ejército de viscosas gotas de sangre y grasa que se colaban de la fábrica y competían con la ayuda de la gravedad cada noche. Las camas del centro sufrían de un calor insoportable que a veces hacía delirar a la argentina y al venezolano, recordemos que solo así podía distinguir sus españoles. Por último, en la primera planta se hayaban los lugares de una china y un alemán. La mujer circulaba por el arrebol de los veinte, tenía unos adorables hombros humectados y menudos, que con frecuencia los confundía los la alitas de una frágil ave exótica. Los delgados brazos, con su piel tan tensa y apegada a los huesos, hacían resaltar el tenue esboso de sus músculos y así formaban la tan elegante como pueril sinuosidad de sus partes. Praderas de trigo en colinas afables. Y a su izquierda, yacía su antítesis, el traumado alemán que no era capaz de controlar su bárbara figura, sus extremidades era cuatro veces las de su compañera asiática, tostados de un color rubicundo que solo se empañaba por el polvo. A pesar de su corpulencia, yo intuía por su nerviosismo, sus ojos azules que estaban a punto de estallar a cada momento, que era el más psicológicamente raído de todos.
Claro que habían muchos más cités como el de nosotros, diría que una cifra inimaginable, si hicieramos un mapeo de esta abobinable granja de hormigas, si cuidadosamente hicieramos un corte sagital en cualquiera de las partes de estas infinitas contrucciones sin ventanas y transitada por pasadizos, jamás terminaríamos de encontrar yacimiento de millares de minúsculos personajillos ensangrentados corriendo por sus vidas, si es que mentalmente aún estaban facultados para decidir vivir.
Lo curioso de esta ciudad es que el último piso de la magna construcción era una planicie blanquecina azotada por el sol y cielo, con construcciones modernas y tiendas que comerciaban todo lo que producíamos dentro de los órganos del monstruo. No había un límite, Cristobal Colón jamás hubiese llegado a algún lugar navegando por esas valdosas calientes.
Yo trabajaba en la industria de zapatos, martillaba tacones evocando cada pie que los usaría, finos de rata, un empeine venudo, incluso debía prepararlos para los pies hipertensos más gordos y rolludos que podría mi mente, en compañía de los límites que ya había visto, podía imaginar.
Para quienes eran esos zapatos lustrados y remachados, esos trabajos metalúrgicos, pues bien, había una hora en el día en que sonaba la sirena, una ensordecedora, y todos los trabajadores subían hasta la última plataforma del coloso para hacer cosumo de los bienes, veían la luz del sol, se hacía un festín de artículos, tiendas, materiales, lugares para pasear. Chaquetas impecables para los hombres, un pantalón con la línea del planchado perfecto, rostros dotados de donaire. Se veían pasearse las mujeres con sus abrigos vaporosos, cerca de las vitrinas, como si fueran a comprar alguno de esos tacones míos, más bien que provienen de la fétida industria en donde trabajo, con unas caras meditativas que se reflejaban en el vidrio limpio.
Debido a nuestra no muy alta paga los sectores económicos que más generaban movimiento eran los de primera necesidad, entonces, más bien esa aproximación hacia las vitrinas y el parloteo con los cajeros y ofertantes de productos lujosos, como los míos, no era más que una técnica algo patética para insunuar del dinero que poseía en ese instante. Usualmente y lo que era más normal, es que ese dinero era una mentira, era para levantarse la moral de un humano desvalido de su suntuosidad, de un homosapiens arrebatado de su vitalidad y orientación , por que ahí adentro no se sabía donde estaba arriba o abajo, o donde nacía o se entraba el sol, un salto sistémico de lujo que provenía desde cavernas atiborradas de almas vacías y miserables, que competían en su adaptación en las tan solo dos horas que la sirena, vigilante, les permitía estar, pero con la única y nauseabunda condición: nada de lo que podían adquerir ahí podrían llevárselo a sus sepultadas vidas.
lunes, 2 de enero de 2017
Los prólogos que arden
Era tarde por la noche y por aquí ya no llega la GSA. No estoy segura de su sigla, pero seguramente es la guardia de algo, podría inventarle un nombre; la guardia de la sagrada abstinencia, guadia de los sentimientos abominables o guardia de salubridad afectuosa. Todos les vendría bastante bien.
Un rectángulo rutilante recortó la penumbra de la calle, se desplegó y dejó ver una silueta humana en su marco, era un joven desarmado que contrastaba por la luz de una calurosa vela que poseía en el metro cúbico de su habitación. Desde la puerta se extendió hasta mi un aroma a madera, resina y sudor que dilató mi, hasta ese entonces, miserable ser, tal como lo había hecho la esencia de esa casa. Se detuvo mi movimiento y se activaron mis sesos, que clavaron las pupilas brillantes como dos posones rojizos en un instante transgresor. Él estaba apoyado en la madera, con sus sencillos músculos que se amoldaban perfectamente a la forma de su soporte, se estaba quitando la resina de las manos y sus uñas negras mientras miraba hacia abajo donde los párpados sobresalían voluminosamente para desplegar unas pestañas hirsutas. Se volvió hacia mi abriendo sus ojos, que eran más grandes de lo que pude prever. Éramos dos animales ocultos entre los matorrales de nuestros propios hemisferios, ni el cielo estaba presente para envolver ese encuentro sigiloso, ni nos iluminaba el mismo lucero; Él lo flameaba el fulgor dorado de su vela y yo era manchada por la opaca luz del neón. Con su mano negra hizo un ademán que me invitó a pasar -El arder para siempre es más fuerte, aunque ya no haya nada más por consumir- me dijo cuando lo tuve enfrente. Yo le respondí deslizando desde mis dedos hasta las palmas en su piel sebosa, morena y caliente que freía mis yemas, que luego rápidamente avanzaron a abusar de su masculinidad en tensión.
Intimar con alguien, efímeramente, pero llevarlo a cabo, dime ¿hasta qué punto puedes llegar hasta la honestidad de alguien así? Hasta que la desesperación del otro no se abalance y se derrame en una intensa marea de olas que se aplasten entre sí, para que ,al amanecer del otro día, se vea tranformada en una aburrida y lánguida agua de lágrimas salada.
domingo, 1 de enero de 2017
Filogénesis
A veces me cuesta creer que el inglés existía antes de que yo lo aprendiera, centenares de años más atrás, y que todo iba en total normalidad sin mi y sin ti ¿cuánta información nos habremos perdido antes de nacer? Vivimos en una ciudad, podemos mirar un edificio con personas ahí viviendo y asombrarte del ingenio humano, podemos ver un acueducto, los caminos subterráneos de la ciudad que dibujan un sistema sanguíneo y sorprendernos, podemos sorprendernos también por el cableado eléctrico, como llega el agua a nuestra casa, los celulares, como funcionan las jerarquías humanas y los idiomas, todo eso ha tomado origen sin la participación de cualquiera que esté leyendo esto. Entonces ¿es normal sentirse abrumado por la ignorancia de nuestra propia especie? ¿Es normal, siendo un ser intelectual, ser un desentendido de nuestro propio desarrollo? y por último ¿es posible recolectar el total de esa información de la que no fuiste partícipe? Quizás así y solo así te convertirías en humano en su 100%, sin faltas/fallas genéticas. Que tal si cada uno es un humano fallado y tras 20.000.000.000 de personas, una, solo una, nace en su total capacidad de soportar todo lo que hemos creado. Quizás, nadie pueda llamarse humano, y la entidad plenamente consciente es la humanidad como un todo ¿tendrá sentido seguir intentándolo?
jueves, 29 de diciembre de 2016
El camino
Hay un lugar a donde deseo llegar, que no es aquí, pero me juegan la misma trampa, entonces acostados tocándonos los pies, mirándonos frente a frente, pero infinitamente alejados, nos espiamos ¿él también querrá llegar a mi? tengo ese dolor previo al real daño, ese agudo punzón que te prepara para el impacto, ya que en su sigilo, allá cobardemente oculto entre su lecho, es mil veces su enigma, para mi, tan convulsionante como silencioso.