jueves, 29 de diciembre de 2016

El camino

Son casi las 5am y de nuevo me acompaña la luz que entibia mi pieza entre verde y marrón, los regadores son el estruendo de la hora, comienzan a chisporrotear y se oyen igual como un canal sin señal, a la misma hora, todas las noches. Miro a la ventana, la misma vista oscura, con las mismas estrellas de la ciudad, amarillentas como panales que titilan y que se desparraman hacia las montañas, en todas la direcciones desde este gran hoyo de asfalto. No tengo sueño, pero estoy muy cansada, es otro día más que me acompaña la soledad y una agonía que nunca muere. Ahora el silbido de los pájaros que moran en las ramas se abren paso para opacar a los regadores y así anunciar los rayos de sol que apuran mi sueño. Mañana saldré y hablaré con personas, les hablaré de cualquier cosa y quizás intentaré hacer que confíen en mi, pero en mi mente, con un sentimiento de abandono que conozco bien pero que jamás recuerdo, correré el camino infinito que hay entre ellos y yo. Pararon los regadores. Ellos por su parte harán lo mismo, intentarán caminar el sendero que en un principio es hermoso y que decae con los kilómetros recorridos, configurando un paisaje de lo más hórrido, que entonces perpetúo para que jamás lleguen al lugar final, el más siniestro de todos. Ahora los pájaros suenan aún más fuerte, se están convirtiendo en chirridos metálicos. Entonces ¿cómo puedo hablar con otras personas? simple y adictivo; ocupo el espacio dinámico y voluble de la seducción, ese trayecto tan convulsionante como silencioso, donde puedes confundir a cualquiera y dejarlo en un barranco colgando de su propio ego, o el mío. Me gustaría corresponderle a alguien, pero no siento nada, me encantaría disfrutar de mi juego, como cuando era niña, ver mis ilusiones y el mundo que me invento para poder generar convicciones desde ahí, pero no hay nada y es por eso que la agonía no muere, se repite una y otra vez.
Hay un lugar a donde deseo llegar, que no es aquí, pero me juegan la misma trampa, entonces acostados tocándonos los pies, mirándonos frente a frente, pero infinitamente alejados, nos espiamos ¿él también querrá llegar a mi? tengo ese dolor previo al real daño, ese agudo punzón que te prepara para el impacto, ya que en su sigilo, allá cobardemente oculto entre su lecho, es mil veces su enigma, para mi, tan convulsionante como silencioso.

viernes, 23 de diciembre de 2016

¿Cómo reconocer el desprecio de alguien?

¿Cómo reconocer el desprecio de alguien? voces y susurros irreconocibles acechan las miradas de los cuerpos que pululan, aquellos portadores de esos ojos fatales de las almas odiosas. *boom* bombeo sangre punzante. Otra vez. Vi aquella sonrisa que profería el halago moviendo sus labios duros, los dientes largos, cuadrados, incisivos, esporádicos. Otra vez. Unos días después vino la hembra exacerbada a insinuarse. Estúpida y solitaria arpía que lo consume y lo agota todo, su vida, su futuro, con efímeras artimañas hechas de insensatez. Puedo ver a través de sus aguas turbias que contienen tan pocos colores, pero aún así son capaces de desembocar en un sinfín de matices tan horrendos. Su semblante cándido no es más que el recordatorio de su sentimiento de inferioridad que quiere llevarme junto a él. Otra vez. Desde ya hace un tiempo le he mostrado a él escondrijos mugrientos de la soledad mía, muelles malditos moribundos con mares de mensajes masacrados. Esa noche quisimos anclar nuestros ojos para volver a, en lo que aparenta ser un amable gesto, indagar en nuestra podredumbre. ¡Oh! sensación furtiva y letal, agotada la resistencia pude ver su reserva, su secreto, sigilo y silencio que, aunque pude en ese momento vislumbrarlo, ya había mantenido él desde siempre. La sangre inundó mi mente. Otra vez.

domingo, 27 de noviembre de 2016

4 a.m.

¿Por qué las 4 am se demoran tan poco en extinguirse? Escurridizo el segundero y esquivo el momento, no me dejan tiempo para redimirme.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Futurismo

En la lejana ciudad de Santiago desgastada por el tiempo y la promesa de la postmodernidad, las luces de neón compiten por la oscuridad de los callejones, los televisores reciclados dentro de las tabernas putrefactas sólo anuncian los discursos fervorosos del dictador Trump, quien no ha dejado su puesto por más de 30 años, eso sí, este último tiempo ha cambiado su temple en el podio, se le ve con miedo, se le ve cansado, se siente como el pavor y algo más le consume las entrañas hasta el colapso. Pareciera que sintiera las dagas de ciertas miradas que le apuñalan por cada gota de sudor.
Son las 3 de la mañana, se escuchan unos tacones romper contra el cemento y los charcos de gasolina en un compás del perfecto andar de una chica de antaño. Desde hace tiempo no hacen más que aparecer adolescentes raquíticas que trepan por los tejados o señoras gordas que se manifiestan tirando ollas con desperdicios a la calle, pero la silueta de esta joven que contrastaba en el callejón estaba en toda salubridad y carnes. Otra curiosidad que se dilucidaba a medida que se habría paso eran sus ropas limpias, muy yankee, como si no hubiese pasado ni una penuria o al menos había recogido ropa del reciclaje de muy buena facha. Qué envidiable juego ese de actuar en un personaje, como si no fueras de aquí, entera para que te devoren. Detrás de la chica se acercó un viejo maltrecho y teñido por las luces de colores, consumido totalmente en su cuerpo y lleno de pliegues en la cara por falta de turgencia. El viejo le dijo -¿Pol ké no me hací un masajeeeh?- la muchacha se da vuelta, muy acostumbrada a la situación, su cabello corto y voluminoso se sacudió en el estático aire de la calle santiaguina y se detuvo para mirar fijo al pervertido, demacrado y anciano drogadicto que tenía una fetidez acosadora, unos par de tajos en la cara, un ojo de apariencia muerta y unas encías sanguinolentas. Se disparó una mirada francotiradora de la muchacha hacia al viejo verde para contrarrestar su indecorosa proposición, quieta e inamovible, el resultado; una evidente toma del poder y una sonrisa sarcástica e hiriente de la chica, pues ella lo tenía todo y él se acurrucaba en un basural. Esta se da media vuelta y sigue su camino sobándose las piernas suaves mientras avanzaba, Victoria podría haber sido su nombre. A metros de ella más atrás se hallaba el viejo solitario, quien perfectamente podría haber nacido a finales del milenio pasado, desplomándose en el negro asfalto, retorciéndose agonizante por el dolor de un lumbago.

martes, 15 de noviembre de 2016

Viéndolo

Ella podría ser mi amiga, a ella podría confiarle las ganas, podríamos reír juntas en la Juan XXIII mimetizadas en la bebida solemne. Podría darle a la loca impredecible el lugar desolado, lleno de atracciones esperando en desuso, ahí donde duerme de ambas la historia miserable, riendo y malabareando con nuestra pena extravagante. Si tan solo no me sintiera como un esperpento de la rabia que le profiero, por su luz inmanente que emite toda ella hasta en la tierra que la empolva, en las manchas que la envuelven, si tan solo mi mente cargara la sinceridad y claridad de su cuerpo, si tan solo supiera expresar de manera no tan burda mi abominable sintimiento, si tan solo yo no tuviese esta menguante noción de mi misma, quizás, sólo quizás ella podría seguir viéndolo a él, yo lo podría seguir disfrutando y tendría una amiga.

domingo, 13 de noviembre de 2016

Considerado

Estoy segura de que si tú me quisieras como yo te quiero tú te volverías un patético y yo me iría al carajo.

viernes, 11 de noviembre de 2016

El uso de la violencia

El mantel del feo cuadrillé me ayuda a secarme las manos, las huellas dactilares hinchadas de sudor siempre hacen que se me resbale el tazón. Empinar el café e inundar mis dientes en su acidez que me carcome la boca es la rutina usual de los días que pasan como páginas de algún aburrido libro sin prosa astuta. Es agradable lugar, quiero compartirlo, quiero decírselo a alguien, quiero tener ganas de decírselo a alguien. La mesa redonda y sus patas permiten que mis pies quepan perfectamente por debajo, sin ninguna molestia, aunque esas molestias aparezcan en acomodar más sillas a la reunión. En la tienda solo hay otra chica, que expele un aroma dulce de victoria, brillante y pulcro, cualquiera podría percibir el vibrante halo que le envuelve, reflectando todo lo deslumbrante del mundo, como cuando el calor distorsiona el pavimento. ¿Por qué escribía mi coexistencia con el café como para que algún día fuera en una obra representada? Pero ahí se quedaba, en el libreto que no es de nadie. Me levanto para pedir algo innecesariamente al mesón, el muchacho de la vitrina está encantado de ayudarme y yo refino mis ademanes con precisión para guiarlo en mi conversación ¡Cómo funciona! la gente hipnotizable que cae, cae en su descontrol del cuerpo y yo lo subestimo, lo subestimo y lo encarcelo en medio camino para llegar a mi. Asesinato amargo. Mientras tanto, en cuanto la voz del barista se apaga para mi mente, incremento los sentidos punzantes para la muchacha, quien realmente era la causal de mis movimientos. Me despido de él luego del banal intercambio de palabras amables con una sonrisa que entrecierra mis ojos y encamino mis pasos devuelta a la mesa en la cual mi cuerpo sentó para petrificarse un momento. La chica le daba un sorbo ruidoso a su café que tenía firmemente entre sus dedos, el pan de molde sin orillas estaba intacto aún en su plato, su temple no tenía prisas. Mientras pasaba por detrás de ella sigilosa y con mirada escrutadora de toda su escena, tratando de encontrar el hilo principal para desarmarla completamente, se descubre de entre su hombro un libro macizo que reconocí de inmediato y con la espontaneidad de una experiencia artística, mi interés se rebalsó encima de su espalda y cayó esparciéndose sobre la mesa -Ese libro es notable.- le dije, y mientras lo hacía rodeé la mesa para ponerme enfrente de la muchacha, mi mueca de fascinación se armaba y le daba una intensidad exacta para la teatralidad en plan de invitar a la respuesta. Ella por supuesto levantó la mirada y contestó que tenía razón con una voz quejumbrosa por haberla sacado de su ensimismado caldo ácido y amargo. Era normal su sorpresa, pero yo ya sabía de antemano que tenía el poder en ese no tan fortuito encuentro y, como siempre, hice abuso de él. En ese instante de miradas inclinadas me dio la impresión que eramos la ilustración de una mismo naipe. Impuse mi interacción por encima -El autor escribe de manera muy completa, no se le escapa nada a sus lúcidas líneas- le volví a insistir e hice una pequeña caricia con mi voz para atraparla.

¿Le estaba coqueteando?
¿Estaba intentando llamarla por ese camino tantas veces transitado?

Para comprobarlo intenté imaginar sus pechos desenvueltos de ese vestido elasticado que los comprimía, en tanto lo hacía pude vislumbrar como volvían a retomar su forma en un respiro, con sus pezones centrados, mirándome  y servidos para mi, esperando desafiantes por mi respuesta. Su abdomen comprimido y mate de doradas vellosidades, tibio y cubierto de una delgada capa de piel que evocaba una cercanía visceral. Un cuello alto y orgulloso que avanzaba a los hombros firmes y continuaban bajando por sus extremidades hasta sus manos bien puestas en la mesa.
No, realmente no quería más su cuerpo que su mente, yo quería subyugar su mente y reducirla a mi, porque no puedo hacerlo de otra forma que no sea con la violencia.