jueves, 2 de febrero de 2017

Pangeápolis

Desde la mitad de mi adolescencia vivo en el hacinamiento de un cité que tiene por dimensión tres planchas de madera grasienta de un metro y medio cuadrado alineadas a lo largo, ese es mi recoveco asignado en esta estridente ciudad. Ahí viven  cinco habitantes, aparte de mi, entonces las camas deben organizarse hacia lo alto en rectangulares lechos de alumimio sugetos angularmente por un par de cadenas en los extremos. Estas se apilan paralelamente en tres, las dos últimas repisas quedan por encima de la ampolleta que cuelga e ilumina pobremente nuestro pernoctante cajón. Yo debo dormir en uno de esos catres de más arriba, pues llegué a parar al último a esa compacta estancia de personas y como el movimiento de un látigo, el final siempre culmina chispa la más miserable. Al estar el foco suspendido por el innecesario largo del cable, probablemente por una negligente instalación, mi litera queda sumida en un triángulo de penumbra, al igual que el compañero que dormita a mi lado homólogo.
Todos estas combinaciones genéticas resultantes en carnes y huesos vivientes ,pero de una dudoda existencia de mente palpitante, a los que llamo compañeros de cajón, poseían ancestros muy diferentes a los míos, aunque eso es bastante normal. Hace no más de cinco años se disolvieron las patrias en una decisión a, lo que ellos llamarían, unánime por motivos de considerar estériles aquellas divisiones geoculturales del globo en cuanto admimistrarlo.
Cinco años puede ser tiempo suficiente para hastiarse, hastiarse de raspar con espátulas los tablones y enrrollar asquerosas rosas de grasitud, sangre e insectos atrapados, que yo intentaba imaginar, estaban fosilisados en ámbar. Eso era solo en los momentos que llegaban las, si es que podemos llamarle así, las seis horas de sueño reglamentarias, luego de eso todos partíamos a nuestras respectivas industrias que no quedaban muy lejos de nuestro querido dulce hogar, como la fábrica de carne modificada que se sentaba con su gran equipamiento y bajas regulación de las intalaciones sobre nosotros.
Como la simple y elemental arquitectura de nuestra casa no nos permitía vernos naturalmente las caras y el sopor nos arponeaba por últila vez en nuestras espaldas en el intante que caíamos a las rechinantes camas metálicas, que tenían un aspecto veterinario, dispersábamos el negro vaporoso de nuestras consciencias para luego esconderlo bajo el tapiz azulino de los sueños. Es por eso que a pesar de llevar ya un tiempo durmiendo juntos y provenir de diferentes países extintos, teníamos las sospechas de que no habíamos perdido, ahora, nuestros melancólicos origenes culturales.
Habíamos tres latinoamericanos, provenientes, en mi caso, del antiguo chile, digo antiguo, obviando su expiración legal, porque ni si quiera sé a ciencia cierta en qué parte del mundo estoy, ya que hace tiempo es difícil no ver más que túneles en las calles, que contruyen un cielo de goteras y cañerías de otras fábricas y cités en modo de arco que se alzan hacia arriba, por lo consiguiente puedo estar tanto físicamenre en mi Chile que se esfuma, como en la más lejana y desconocida Rusia. De los dos otros latinos había una chica castaña clara de pelo de ondas alambrado con tes de color de arena incandescente que provenía de lo que fue argentina, ella dormía en el camarote oblícuo inferior a mi y creo haber podido escuchar su acento solo en las noches en las que hablaba dormida mientras secretaba un frío sudor que embarraba su piel. El último latino era un venezolano,  quien dormía abajo mio, con ojos de unas esmeraldas que jamás vi brillar, pelo rebuelto y caoba, las veces que he podido mirarle a la cara siempre termino fijándome en sus más toscos, y aún jóvenes, pliegues de expresión, ya que se trataban de un fruncido entrecejo y los surcos de las mejillas que le daban un aspecto asqueado, sumado a sus cejas pobladas que emergían como dos viceras de pelo que le sombreaban más sus ojos nymphoides. Su piel siempre andaba reluciente por el calor de sus trabajos metalúrgicos que emprendía cuando emigrábamos todos. Me daba cierta satisfacción los colores tornasolados que le daban su sudor en la frente, pómulos, nariz y mentón, especialmente en sus cóncavas mejillas que transmutaban en colores violáceos con otros cálidos, además de unos grises espectaculares y cuidadosamente definidos uno de otro, que le transmitían a su cara una apariencia de fotografía posterizada.
Otro conviviente, mi vecino contiguo de litera, del que solo me separaba un abismo hacia las planchas de madera y a la cucarachas abisales, era un Haitiano. Habla un idioma que no comprendo y el tríangulo de negrura que compartíamos por la paupérrima instalación eléctrica, me hacía dudar en las noches si él realmente estaba ahí, solo podía darme cuenta de su presencia cuando acostados simétricos y vueltos hacia nosotros podía divisar entre la oscuridad total de la habitación el tenue resplandor amarillento de sus ojos hacia mi, como dos dolientes cardenales. Para ese entonces no podíamos soportar ese encuentro de ojos trémulos, y yo guardaba un tablón en el borde de la litera que daba hacia la pared para usarlo como puente y trasladar mi poco aseado cuerpo hacia el otro extremo y así combinarlo con el de mi nocturno observador.
No podría decir cual de los tres niveles de dormitorios era el más favorecido, el nivel superior era atestado de moscas que se posaban en el ejército de viscosas gotas de sangre y grasa que se colaban de la fábrica y competían con la ayuda de la gravedad cada noche. Las camas del centro sufrían de un calor insoportable que a veces hacía delirar a la argentina y al venezolano, recordemos que solo así podía distinguir sus españoles. Por último, en la primera planta se hayaban los lugares de una china y un alemán. La mujer circulaba por el arrebol de los veinte, tenía unos adorables hombros humectados y menudos, que con frecuencia los confundía los la alitas de una frágil ave exótica. Los delgados brazos, con su piel tan tensa y apegada a los huesos, hacían resaltar el tenue esboso de sus músculos y así formaban la tan elegante como pueril sinuosidad de sus partes. Praderas de trigo en colinas afables. Y a su izquierda, yacía su antítesis, el traumado alemán que no era capaz de controlar su bárbara figura, sus extremidades era cuatro veces las de su compañera asiática, tostados de un color rubicundo que solo se empañaba por el polvo. A pesar de su corpulencia, yo intuía por su nerviosismo, sus ojos azules que estaban a punto de estallar a cada momento, que era el más psicológicamente raído de todos.
Claro que habían muchos más cités como el de nosotros, diría que una cifra inimaginable, si hicieramos un mapeo de esta abobinable granja de hormigas, si cuidadosamente hicieramos un corte sagital en  cualquiera de las partes de estas infinitas contrucciones sin ventanas y transitada por pasadizos, jamás terminaríamos de encontrar yacimiento de millares de minúsculos personajillos ensangrentados corriendo por sus vidas, si es que mentalmente aún estaban facultados para decidir vivir.

Lo curioso de esta ciudad es que el último piso de la magna construcción era una planicie blanquecina azotada por el sol y cielo, con construcciones modernas y tiendas que comerciaban todo lo que producíamos dentro de los órganos del monstruo. No había un límite, Cristobal Colón jamás hubiese llegado a algún lugar navegando por esas valdosas calientes.
Yo trabajaba en la industria de zapatos, martillaba tacones evocando cada pie que los usaría, finos de rata, un empeine venudo, incluso debía prepararlos para los pies hipertensos más gordos y rolludos que podría mi mente, en compañía de los límites que ya había visto, podía imaginar.
Para quienes eran esos zapatos lustrados y remachados, esos trabajos metalúrgicos, pues bien, había una hora en el día en que sonaba la sirena, una ensordecedora, y todos los trabajadores subían hasta la última plataforma del coloso para hacer cosumo de los bienes, veían la luz del sol, se hacía un festín de artículos, tiendas, materiales, lugares para pasear. Chaquetas impecables para los hombres, un pantalón con la línea del planchado perfecto, rostros dotados de donaire. Se veían pasearse las mujeres con sus abrigos vaporosos, cerca de las vitrinas, como si fueran a comprar alguno de esos tacones míos, más bien que provienen de la fétida industria en donde trabajo, con unas caras meditativas que se reflejaban en el vidrio limpio.
Debido a nuestra no muy alta paga los sectores económicos que más generaban movimiento eran los de primera necesidad, entonces, más bien esa aproximación hacia las vitrinas y el parloteo con los cajeros y ofertantes de productos lujosos, como los míos, no era más que una técnica algo  patética para insunuar del dinero que poseía en ese instante. Usualmente y lo que era más normal, es que ese dinero era una mentira, era para levantarse la moral de un humano desvalido de su suntuosidad, de un homosapiens arrebatado de su vitalidad y orientación , por que ahí adentro no se sabía donde estaba arriba o abajo, o donde nacía o se entraba el sol, un salto sistémico de lujo que provenía desde cavernas atiborradas de almas vacías y miserables, que competían en su adaptación en las tan solo dos horas que la sirena, vigilante, les permitía estar, pero con la única y nauseabunda condición: nada de lo que podían adquerir ahí podrían llevárselo a sus sepultadas vidas.

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