En la lejana ciudad de Santiago desgastada por el tiempo y la promesa de la postmodernidad, las luces de neón compiten por la oscuridad de los callejones, los televisores reciclados dentro de las tabernas putrefactas sólo anuncian los discursos fervorosos del dictador Trump, quien no ha dejado su puesto por más de 30 años, eso sí, este último tiempo ha cambiado su temple en el podio, se le ve con miedo, se le ve cansado, se siente como el pavor y algo más le consume las entrañas hasta el colapso. Pareciera que sintiera las dagas de ciertas miradas que le apuñalan por cada gota de sudor.
Son las 3 de la mañana, se escuchan unos tacones romper contra el cemento y los charcos de gasolina en un compás del perfecto andar de una chica de antaño. Desde hace tiempo no hacen más que aparecer adolescentes raquíticas que trepan por los tejados o señoras gordas que se manifiestan tirando ollas con desperdicios a la calle, pero la silueta de esta joven que contrastaba en el callejón estaba en toda salubridad y carnes. Otra curiosidad que se dilucidaba a medida que se habría paso eran sus ropas limpias, muy yankee, como si no hubiese pasado ni una penuria o al menos había recogido ropa del reciclaje de muy buena facha. Qué envidiable juego ese de actuar en un personaje, como si no fueras de aquí, entera para que te devoren. Detrás de la chica se acercó un viejo maltrecho y teñido por las luces de colores, consumido totalmente en su cuerpo y lleno de pliegues en la cara por falta de turgencia. El viejo le dijo -¿Pol ké no me hací un masajeeeh?- la muchacha se da vuelta, muy acostumbrada a la situación, su cabello corto y voluminoso se sacudió en el estático aire de la calle santiaguina y se detuvo para mirar fijo al pervertido, demacrado y anciano drogadicto que tenía una fetidez acosadora, unos par de tajos en la cara, un ojo de apariencia muerta y unas encías sanguinolentas. Se disparó una mirada francotiradora de la muchacha hacia al viejo verde para contrarrestar su indecorosa proposición, quieta e inamovible, el resultado; una evidente toma del poder y una sonrisa sarcástica e hiriente de la chica, pues ella lo tenía todo y él se acurrucaba en un basural. Esta se da media vuelta y sigue su camino sobándose las piernas suaves mientras avanzaba, Victoria podría haber sido su nombre. A metros de ella más atrás se hallaba el viejo solitario, quien perfectamente podría haber nacido a finales del milenio pasado, desplomándose en el negro asfalto, retorciéndose agonizante por el dolor de un lumbago.
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