El mantel del feo cuadrillé me ayuda a secarme las manos, las huellas dactilares hinchadas de sudor siempre hacen que se me resbale el tazón. Empinar el café e inundar mis dientes en su acidez que me carcome la boca es la rutina usual de los días que pasan como páginas de algún aburrido libro sin prosa astuta. Es agradable lugar, quiero compartirlo, quiero decírselo a alguien, quiero tener ganas de decírselo a alguien. La mesa redonda y sus patas permiten que mis pies quepan perfectamente por debajo, sin ninguna molestia, aunque esas molestias aparezcan en acomodar más sillas a la reunión. En la tienda solo hay otra chica, que expele un aroma dulce de victoria, brillante y pulcro, cualquiera podría percibir el vibrante halo que le envuelve, reflectando todo lo deslumbrante del mundo, como cuando el calor distorsiona el pavimento. ¿Por qué escribía mi coexistencia con el café como para que algún día fuera en una obra representada? Pero ahí se quedaba, en el libreto que no es de nadie. Me levanto para pedir algo innecesariamente al mesón, el muchacho de la vitrina está encantado de ayudarme y yo refino mis ademanes con precisión para guiarlo en mi conversación ¡Cómo funciona! la gente hipnotizable que cae, cae en su descontrol del cuerpo y yo lo subestimo, lo subestimo y lo encarcelo en medio camino para llegar a mi. Asesinato amargo. Mientras tanto, en cuanto la voz del barista se apaga para mi mente, incremento los sentidos punzantes para la muchacha, quien realmente era la causal de mis movimientos. Me despido de él luego del banal intercambio de palabras amables con una sonrisa que entrecierra mis ojos y encamino mis pasos devuelta a la mesa en la cual mi cuerpo sentó para petrificarse un momento. La chica le daba un sorbo ruidoso a su café que tenía firmemente entre sus dedos, el pan de molde sin orillas estaba intacto aún en su plato, su temple no tenía prisas. Mientras pasaba por detrás de ella sigilosa y con mirada escrutadora de toda su escena, tratando de encontrar el hilo principal para desarmarla completamente, se descubre de entre su hombro un libro macizo que reconocí de inmediato y con la espontaneidad de una experiencia artística, mi interés se rebalsó encima de su espalda y cayó esparciéndose sobre la mesa -Ese libro es notable.- le dije, y mientras lo hacía rodeé la mesa para ponerme enfrente de la muchacha, mi mueca de fascinación se armaba y le daba una intensidad exacta para la teatralidad en plan de invitar a la respuesta. Ella por supuesto levantó la mirada y contestó que tenía razón con una voz quejumbrosa por haberla sacado de su ensimismado caldo ácido y amargo. Era normal su sorpresa, pero yo ya sabía de antemano que tenía el poder en ese no tan fortuito encuentro y, como siempre, hice abuso de él. En ese instante de miradas inclinadas me dio la impresión que eramos la ilustración de una mismo naipe. Impuse mi interacción por encima -El autor escribe de manera muy completa, no se le escapa nada a sus lúcidas líneas- le volví a insistir e hice una pequeña caricia con mi voz para atraparla.
¿Le estaba coqueteando?
¿Estaba intentando llamarla por ese camino tantas veces transitado?
Para comprobarlo intenté imaginar sus pechos desenvueltos de ese vestido elasticado que los comprimía, en tanto lo hacía pude vislumbrar como volvían a retomar su forma en un respiro, con sus pezones centrados, mirándome y servidos para mi, esperando desafiantes por mi respuesta. Su abdomen comprimido y mate de doradas vellosidades, tibio y cubierto de una delgada capa de piel que evocaba una cercanía visceral. Un cuello alto y orgulloso que avanzaba a los hombros firmes y continuaban bajando por sus extremidades hasta sus manos bien puestas en la mesa.
No, realmente no quería más su cuerpo que su mente, yo quería subyugar su mente y reducirla a mi, porque no puedo hacerlo de otra forma que no sea con la violencia.
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