SEIS METROS cuadrados, seis vértices y paredes que sostenían los días de la muchacha. Días que comenzaban en las alturas, cuando los rayos de sol filtrados picaban en su cara, no había prisma que los disipara. El lugar ondeaba al despertar, las esquinas serpenteaban en silencio y con el piso meciéndose por completo, la habitación vivía con ella mientras ella en esa habitación sobreviviera.
Las actividades de la muchacha se restringían a lo que se podía hacer en el pequeño recinto. Los libros regalados eran lo único que había traspasado desde afuera los límites del lugar, los únicos representantes de otras almas allá deambulando y sus únicos compañeros que tenía a diario, empolvados y dispuestos esperaban a algún día ser leídos, preparados para hablar sobre algo más.
La mayoría de las cosas estaban tejidas sobre sí mismas, formando un gran colchón que desplegaba polvo cada vez que se movía y eso enfermaba a menudo a la muchacha. Ella veía resignada esas partículas brillando como astros en el espacio vacío, estrellas que se perdían en el filo de la sombra de la ventana.
A veces recibía llamados de un teléfono desconectado que estaba en el closet, cuando contestaba casi siempre sonaban grabaciones de hace un par de años, con la voz de una mujer que hablaba sobre lo bueno que estaba el verano allá afuera, detrás sonaban las olas y el vuelo de las gaviotas que habían quedado registrados desde aquella llamada originaria. Cuando no eran grabaciones de aquella persona, se podían escuchar interferencias causadas por las ondas de radio de otras llamadas, que por alguna razón se colaban en la señal de un teléfono desconectado. Se llevaba su teléfono desde el closet hasta su colchón polvoriento y podía dedicarle unas fracciones de hora a escuchar esas conversaciones ajenas traídas desde el espacio, no podía saber si eran actuales, sólo que habían existido alguna vez y habían sido grabadas con diferentes motivos; desde llamadas de funcionarios públicos hasta excitantes conversaciones entre enamorados.
En noches de tormenta reverberaban los relámpagos en las paredes de la habitación, los colores se impregnaban en las gotas de lluvia conglomeradas en el vidrio, las cuales creaban formas que cobraban vida y movimiento, la tormenta se transformaba en su teatro privado. Una cinta cinematográfica hecha de gotas corriendo por la superficie al otro lado de la ventana, una escena maravillosa que ella disfrutaba sentada de frente, mientras el agua proyectaba su sombra y la dejaba empapada de manchas.
Los muebles albergaban cartas apiladas, algunas sueltas y sucias, otras intactas e inmaculadas en sobres, todas eran conversaciones desde ella para ella misma. En las cartas hablaba acerca de un supuesto universo en su habitación, como una bitácora que contaba las desdichas y ventajas de estar enclaustrada. A veces se preguntaba por otros posibles remitentes, pero los recuerdos de las personas eran demasiado vagos para poder imaginar a otro individuo a parte de ella. El hermetismo del lugar había aislado a la muchacha hace mucho tiempo, físicamente no habían filtraciones hacia el mundo exterior, excepto una rendija en la ventana provocado por un descuadre, fuera de eso pareciera que la propia habitación deseaba encerrarla. Ese espacio era tan pequeño que ni siquiera podía sentir una brisa saliendo de él.
Un día la muchacha amaneció y vio un papel atascado en la rendija, se incorporó lentamente e hizo el esfuerzo de pararse aún somnolienta. Lo tomó y pudo ver que era un sobre que contenía otra hoja de papel dentro de el. En un principio se preguntó si es que pudo haber dejado una de sus cartas en tal sitio sin pensarlo bien, pero pudo corroborar que no había sido así, ya que ella no firmaba la carta, si no que contenía una marca en forma de ave. No era uno de sus mensajes, sino que provenía de alguien más, pero ¿quién? si lo que la separaba de allá afuera, aparte de paredes y una ventana que no abría, había un inconmensurable abismo resultado de un alejamiento que comenzó a crecer hace seis años.
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